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La Caída de Evo Morales, desde la mirada de Jon Lee Anderson

El periodista recopilo datos, testimonios y entrevistas que harán de su lectura una vivencia.

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El populismo carismtico de Morales ha continuado alentando a sus simpatizantes an con el exilio del expresidente. En un...
El populismo carismático de Morales ha continuado alentando a sus simpatizantes aún con el exilio del expresidente. En un mitin reciente convocado por su partido político, el Movimiento Al Socialismo, la gente coreaba: “Evo, ¡no estás solo!”Fotografía de Moises Saman / Magnum para The New Yorker

Afuera de un estadio deportivo en Cochabamba, Bolivia, tres hombres subidos en un pedestal derribaban una estatua de Evo Morales, quien hasta unas semanas antes había sido el presidente de aquel país. Uno de ellos la aporreaba diligentemente con un mazo mientras otro la emprendía contra la cabeza de la estatua—coronada, como la persona a la que representa, con un corte de pelo en forma de hongo que lo distingue entre los líderes mundiales. Al final, la estatua se desprendió y, con un empujón despectivo, los hombres la tiraron al suelo. El ministro de deportes del nuevo gobierno, quien ayudó en la demolición, le dijo después a los reporteros que los estadios no debían bautizarse en honor a delincuentes.

Morales había huido de Bolivia en noviembre, después de ser acusado de fraude electoral y de que el jefe militar del país sugiriese públicamente que debía renunciar. Desde entonces, Bolivia había estado dividida de modo profundo y, en algunos casos, violento. Mucha gente hablaba de un golpe de estado, pero las opiniones se dividían sobre si éste había sido perpetrado por Morales o por sus adversarios. Quienquiera que fuera el culpable, la partida de Morales supuso un final abrupto a una de las presidencias más extraordinarias de América Latina. Hijo de unos humildes pastores de llamas, Morales pertenece a la etnia aymara y fue el primer presidente indígena en un país mayoritariamente indígena. Aunque abandonó sus estudios antes ir a la universidad y habla un castellano tosco y con un acento marcado, consiguió aferrarse al poder durante casi catorce años. Fue protegido de Fidel Castro y quizás el último exponente de la Marea Rosa—los líderes de izquierda que dominaron la política latinoamericana durante más de una década. Durante su mandato, Morales transformó a Bolivia reduciendo la pobreza a casi la mitad y triplicando el P.I.B.

Evo, como se le conoce, es un hombre de sesenta años, robusto y de apariencia jovial, que se jacta de aguantar más que sus rivales en los partidos de fútbol disputados en las alturas andinas de Bolivia. (En un partido de 2010, lo captaron en video propinándole un rodillazo en la ingle a un rival distraído.) Apenas el año pasado, aseguraba mantenerse en forma haciendo más de mil abdominales al día. Durante su presidencia fue incansable: comenzaba la jornada laboral a las 4:45 de la mañana y continuaba hasta bien entrada la noche. Populista carismático, también podía ser arrogante y divisorio, propenso a declaraciones groseras y a veces excéntricas. En una ocasión, sugirió que comer pollo modificado genéticamente volvía homosexuales a las personas. En otra, mandó equipar el edificio del Congreso con un “reloj del sur” cuyas manecillas giraban hacia la izquierda, para simbolizar los esfuerzos de Bolivia por “descolonizarse”. Líder veterano del sindicato de cultivadores de coca, Morales utilizó su puesto para exaltar las propiedades medicinales de la planta; detrás de su escritorio presidencial mandó colgar un retrato del Che Guevara hecho de hojas de coca.

Tras la impugnada elección de Morales, varios de sus funcionarios de alto rango renunciaron con él, incluidas las tres personas que le seguían en la línea de sucesión presidencial. Reclamó para sí el puesto un miembro de la oposición conservadora: Jeanine Áñez, una expresentadora de televisión, de cincuenta y dos años, que ocupaba entonces el puesto más bien simbólico de Segunda Vicepresidenta del Senado. En dos días, Áñez recibió el respaldo del ejército y se autoproclamó presidenta, colocándose la banda presidencial ante la mirada aprobatoria de los generales. Casi de inmediato, alienó a la población indígena al liderar a una turba de simpatizantes hasta el palacio presidencial, donde enarboló una Biblia gigante y declaró: “La Biblia vuelve al Palacio”. Áñez, una mujer rubia y de piel clara, empeoró las cosas al nombrar un gabinete exclusivamente blanco. Como resultado de la indignación, añadió a un ministro indígena, pero para entonces los fieles de Morales ya la habían bautizado como “la mujer teñida” o, simplemente, “la puta”.

Ya en el cargo, Áñez firmó un decreto que prohibía los “cultos a la personalidad” en las instituciones bolivianas, y dejó en claro que pretendía purgar el legado de Morales y su presencia en la vida pública. Un empleado presidencial me dijo que Áñez había recorrido las antiguas oficinas de Morales acompañada por un hombre vestido con un traje tradicional y otro que llevaba una Biblia. Mientras ella rezaba ante los retratos de los héroes nacionales de Bolivia, el hombre de túnica hacía sonar un cuerno, como para expulsar los espíritus malignos. Aquel empleado me dijo que, cuando Áñez se encontró con el retrato del Che hecho con hojas de coca, se alteró visiblemente y ordenó que lo quitaran.

Áñez y sus aliados argumentaban que Morales había convertido al país en una tiranía socialista, y que solo destituyéndolo podría haber sanación. Morales, desde su exilio en México, insistía en que había creado la Bolivia moderna—que el país a efectos prácticos no existiría de no ser por él. Cuando hablé con él el pasado invierno, durante una de varias conversaciones, Morales describió la historia de inestabilidad política en Bolivia. En sus ciento noventa y cinco años como república independiente, Bolivia ha visto no menos de ciento noventa revoluciones y golpes de estado; la deposición de Morales era, podría decirse, la más reciente. “Dicen que mi gobierno era autoritario porque fui presidente por mucho tiempo”, me dijo. “Me llamaban ‘dictador Evo Morales’, pero ahora el pueblo boliviano puede ver cómo se vive en dictadura, cómo se vive con un golpe de Estado”. Morales argumentaba que debían permitirle regresar y terminar su mandato. De no ser así, me dijo, su bloque—el Movimiento al Socialismo, o mas—retomaría el control de Bolivia de una manera u otra. “Volveré y seré millones”, dijo. Estaba parafraseando las últimas palabras de uno de sus héroes, el rebelde anticolonialista del siglo XVIII Túpac Katari, justo antes de ser desmembrado por cuatro caballos españoles.

Una tarde, mientras esperaba afuera del palacio presidencial para reunirme con Áñez, un joven se me acercó y escupió ostentosamente en el suelo, a mi lado. Parecía haberme confundido, quizás comprensiblemente, con un funcionario estadounidense que estaba allí para asesorar al nuevo régimen.

Corrían los primeros días de diciembre, tres semanas después del colapso del gobierno de Morales, y Bolivia seguía polarizada. En los barrios más acaudalados de La Paz, los grafitis calificaban a Morales de asesino, dictador y narco; en los distritos más pobres e indígenas, había eslóganes que proclamaban “Evo sí” y “Áñez fascista”. A dos cuadras del palacio había un mensaje pintado con aerosol que decía: “Alerta: Nos están matando”, y que podía provenir de cualquiera de los dos bandos.

El Palacio Quemado, como se le conoce, se ganó ese nombre en 1875, cuando una turba enardecida lo incendió en un intento de golpe de Estado. Su reemplazo, una estructura neocolonial pintada en rosa y blanco, ha sobrevivido intacta, pero en 1946 el presidente reformista Gualberto Villarroel fue asesinado allí en otro ataque; lanzaron su cuerpo de un balcón y luego lo colgaron de una farola en la plaza de abajo. La farola sigue allí, junto a una placa que conmemora la muerte de Villarroel. La plaza, un lugar tranquilo con árboles de sombra y vendedores de globos, lleva el nombre de Pedro Domingo Murillo, un patriota criollo que detonó la guerra de independencia de Bolivia contra España en 1809. Poco después, las tropas monárquicas lo apresaron y lo colgaron.

Como para repudiar esa escabrosa historia, Morales construyó un rascacielos llamado La Casa Grande del Pueblo, que serviría como sede de su “revolución democrática y cultural”. La Casa Grande, un reluciente rectángulo de vidrio y acero de veintinueve pisos de altura, se alza sobre el antiguo palacio y alberga las oficinas y la residencia presidencial, junto con varios ministerios de gobierno. Los adversarios políticos de Morales criticaron la construcción, que costó unos treinta y cuatro millones de dólares, calificándola como un proyecto extravagante y vanidoso. Después de la huida de Morales, la nueva ministra de comunicaciones encabezó una visita para la prensa por los aposentos presidenciales, tildándolos de “dignos de un jeque árabe”. Los fotorreportajes mostraban una recámara amplia pero más bien estéril y un baño de mármol con jacuzzi—un lugar lindo, pero no mucho más lujoso que un hotel Sheraton Four Points.

Áñez había rechazado la Casa Grande y se había instalado en el Palacio Quemado. Allí la esperé en una sala para visitas, vigilado por un retrato de Simón Bolívar—de quien viene el nombre del país—con marco dorado. Cuando Áñez y su séquito llegaron, un soldado y un guardaespaldas vestido de civil asumieron posiciones de protección: uno detrás de ella, el otro junto a una ventana que daba sobre la plaza. Un hombre de traje se presentó como Erick Foronda, secretario privado de Áñez. Cuando señalé que me parecía conocido, declaró con afectada seriedad: “Debe ser porque soy agente de la CIA”. Foronda había sido asesor en la embajada estadounidense en La Paz durante más de dos décadas. Morales, quien a menudo ha acusado a los Estados Unidos de entrometerse secretamente en Bolivia, expulsó al embajador norteamericano y a la Administración para el Control de Drogas [D.E.A.] en 2008, así como a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional [U.S.A.I.D.] en 2013. Ese año, Morales afirmó que, cuando volvía de una visita oficial a Rusia, el gobierno estadounidense ordenó que su avión presidencial fuera desviado a Viena, ante la sospecha de que se estaba llevando encubiertamente a Edward Snowden hacia Bolivia (lo cual no era cierto).

Durante los primeros dos años del gobierno de Trump, Foronda vivió en Washington. Ahora, los aliados de Morales señalan que su presencia en el palacio es indiscutible evidencia de que Estados Unidos ha respaldado el golpe. En enero, Radio Habana Cuba emitió una noticia titulada “Secretario privado de Áñez vela por la subordinación de Bolivia a EE.UU”. A pesar de que la historia estaba plagada de afirmaciones inverosímiles—sugería que Estados Unidos había forzado la salida de Morales para quedarse con el suministro de litio de Bolivia—el gobierno de Áñez ha sido desvergonzadamente derechista. Expulsó con celeridad a diplomáticos venezolanos y médicos cubanos, acusándolos de financiar a las masas de simpatizantes de Morales. El primer mandatario que felicitó a Áñez por su presidencia fue el líder derechista de Brasil, Jair Bolsonaro; el segundo fue Donald Trump. (En Estados Unidos, algunos políticos de izquierda como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez denunciaron lo que consideraban un golpe de Estado.)

Durante nuestra reunión en el palacio hacía frío, y Áñez llevaba un abrigo negro sobre un vestido también negro. Su voz era suave pero firme, y me explicó que le ardía la garganta por hablar demasiado. Lo sucedido en Bolivia, me dijo, había sido una “liberación” de la política de odio y división de clases de Morales. “Fueron catorce años de dictadura, catorce años de mentiras, catorce años de una opresión del que nosotros estamos tratando de liberar a Bolivia y ofrecer cambios de libertad, para que este periodo de transición sea un nuevo punto de partida, donde nadie nos prohíbe pensar diferente y donde no se nos cuestiona por el hecho de pensar diferente”, dijo.

Le pregunté a Áñez si su aparición con la Biblia en el Palacio Quemado podía alarmar a los seguidores de Morales, al indicar su alianza con la extrema derecha. “Soy una mujer de fe. Soy una mujer muy apegada a Dios, por lo tanto para mí la Biblia tiene un gran significado”, respondió con fervor. “Si ser una mujer de fe me califica como ultraderechista, entonces debo ser ultraderechista”. Aseguró que más del ochenta por ciento de los bolivianos eran también “gente de fe”, y acusó a Morales de “no creer en Dios” y de tener “otras creencias”—un comentario que recordaba a un viejo tuit suyo, después eliminado, en el que denigraba la religión aymara calificándola de “satánica”.

Áñez me aseguró que nunca había esperado ser presidenta: “Fue algo que Dios puso en mi camino”. Pero desde que asumió el puesto, añadió, Bolivia se había vuelto más estable, y una transición política necesaria estaba ocurriendo. A pesar de que “muchos bolivianos” le habían dicho que apreciaban sus esfuerzos, ella no tenía pensado presentarse a las siguientes elecciones, planeadas para mayo. Se veía a sí misma como “un instrumento” en la tarea de “pacificar y estabilizar” el país.

A pesar del discurso pacifista de Áñez, había una evidente sensación de que una purga ideológica se había puesto en marcha. Su ministro de interior, Arturo Murillo, prometió “cazar” a su antecesor, Juan Ramón Quintana, quien se había refugiado en la embajada de México. (Murillo era conocido por la crudeza de su discurso; como senador, en una ocasión dijo que las mujeres no tenían derecho al aborto, pero que eran libres de matarse: “que se tiren del quinto piso”.) Si cabía la sospecha de que su metáfora de la cacería era una forma de hablar, la disipó describiendo a Quintana como “un animal” que “se alimenta de la sangre del pueblo”. Murillo también prometió perseguir a Morales por “narcoterrorista”. Áñez hizo la misma acusación, y me dijo que Morales tendría que enfrentarse a la justicia si regresaba alguna vez a Bolivia.

Cuando hablé con Morales por primera vez, en una llamada telefónica dos días después de que llegara a México, insistió en que era víctima de una conspiración en la que los imperialistas norteamericanos instigaban a los oligarcas de Bolivia. “Ellos no me perdonan porque nacionalicé los recursos naturales”, dijo. “No me perdonan a mí porque hemos reducido la pobreza extrema. Usted sabe que en el sistema capitalista se dice que los pobres solo deben preocuparse por cuidarse ellos, y no habrá problemas sociales. Pero eso no funciona en Bolivia”. Como en muchas otras ocasiones, Morales acusó a sus enemigos de ser racistas, alegando que no toleraban el hecho de que un “indio” hubiera llegado a ser presidente.

La Paz boomed under Morales, but the goals of economic growth and social uplift sometimes fitted together uneasily.Photograph by Moises Saman / Magnum for The New Yorker

A Morales le gusta decir que no solamente gobernó el país, sino que lo “refundó”. Desde los tiempos de la ocupación española, Bolivia había sido, a efectos prácticos, dos países distintos: uno indígena y mayormente rural, y el otro blanco y mayormente urbano. Durante su primer mandato, Morales impulsó una nueva constitución que cambiaba el nombre del país, de República de Bolivia a Estado Plurinacional de Bolivia, para reflejar su diversidad “comunitaria y social”. Adoptó también el símbolo de la wiphala—un cuadrángulo ajedrezado de colores brillantes, que representa a los pueblos de Bolivia—como emblema nacional, al mismo nivel que la bandera. En los actos de gobierno, Morales vestía un traje sin cuello de lana de alpaca, rematado con vívidos bordados aymaras.

La reformada constitución también cambió la suerte electoral de Morales. A los presidentes bolivianos se les prohibía gobernar mandatos consecutivos, pero una nueva cláusula le permitió encadenar dos periodos. En 2013, cuando Morales se acercaba al límite de los dos mandatos, convenció a los tribunales de que su primer mandato, que tuvo lugar antes de las reformas constitucionales, no contaba; al año siguiente ganó de nuevo la presidencia. En 2016 intentó una maniobra más: convocó a un referendo pidiendo a los bolivianos que invalidaran la constitución y le permitieran gobernar por un cuarto periodo. Los electores rechazaron su propuesta por un estrecho margen, pero el Tribunal Constitucional del país determinó, sumisamente, que prohibirle a Morales presentarse a las elecciones violaba sus derechos humanos. En 2018, un órgano aún más dócil, el Tribunal Electoral, ratificó el veredicto.

Muchos bolivianos estaban indignados, y la oposición convocó a manifestaciones. Pero Morales seguía teniendo una amplia aprobación, en especial entre los ciudadanos pobres y los indígenas. El pasado 20 de octubre, se presentó a la reelección sintiéndose optimista respecto a sus posibilidades. Su contendiente era Carlos Mesa, un antiguo periodista que había visto su carrera perturbada por Morales en dos ocasiones. Mesa fue vicepresidente de 2002 a 2003, cuando el presidente en funciones escapó del país en medio de violentas manifestaciones, surgidas a raíz de la privatización de las reservas de gas natural—un conflicto conocido como la Guerra Boliviana del Gas. Mesa se convirtió entonces en presidente, sólo para renunciar más tarde, mientras los disturbios continuaban. Durante ambos episodios, Morales era un destacado líder de la oposición.

El día de las elecciones, los resultados preliminares mostraban a Morales con unos siete puntos de ventaja, pero necesitaba al menos diez para evitar una segunda vuelta electoral. Esa noche, con ochenta y cuatro por ciento de los votos computados, el escrutinio informático se detuvo de súbito; cuando se reanudó, veinticuatro horas más tarde, Morales se había asegurado un margen apenas superior al diez por ciento. Mesa y sus simpatizantes lo acusaron de fraude y organizaron protestas nacionales para exigir nuevas elecciones.

Tanto Morales como sus adversarios se negaron a ceder, y el país retumbó con protestas de ambos bandos. Finalmente, Morales aceptó permitir a la Organización de Estados Americanos investigar la elección, y el 10 de noviembre la O.E.A. hizo públicos sus hallazgos. Los auditores declararon sin rodeos que habían ocurrido “serias irregularidades”, sobre todo a favor de Morales, y recomendaron que se realizaran nuevas elecciones. Morales aceptó rápidamente el informe y anunció su respaldo a una nueva votación. Pero, antes de que eso sucediera, el jefe de las fuerzas armadas de Bolivia, Williams Kaliman, apareció en televisión para “sugerir” que Morales renunciara “por el bien de Bolivia”. El comandante de la policía nacional se sumó a ese llamado.

Morales entendió que era el fin de su presidencia. Había motines policiales por todo el país y los guardias presidenciales abandonaron sus puestos. En el hangar que albergaba el avión presidencial, Morales ofreció una conferencia de prensa y presentó su renuncia mediante un comunicado pronunciado rápido y con mala cara. A continuación, Morales y algunos de sus asesores más cercanos volaron a su bastión rural, en la región cocalera de Chapare. Le dijeron a sus seguidores que se reunieran en el aeropuerto de allí, y miles de personas llegaron para protegerlo de un posible arresto. Al día siguiente, Morales tuiteó una fotografía de sí mismo en una casa de seguridad. Se le veía acostado sobre una manta en el suelo de concreto.

In Bolivia’s wealthier neighborhoods, the graffiti called Morales an assassin, a dictator, a narco; in the poorer, more indigenous districts, slogans proclaim “Evo Sí” and “Áñez Fascista.”Photograph by Moises Saman / Magnum for The New Yorker

Durante veinticuatro horas, Morales permaneció oculto mientras Andrés Manuel López Obrador, el presidente mexicano de centroizquierda, mandaba un avión para llevarlo a un lugar seguro. El secretario de relaciones exteriores de México, Marcelo Ebrard, había dejado en claro que su gobierno consideraba a Morales como el presidente legítimo de Bolivia, depuesto por un golpe militar. Cuando Morales aterrizó en México, Ebrard lo recibió con un caluroso abrazo. Más tarde, Ebrard me dijo que Morales había expresado temor de que, si no salía de su país, lo iban a matar.

En medio del caos que rodeó la renuncia de Morales, los líderes del mas cometieron un penoso error político cuando los tres funcionarios de mayor rango renunciaron también. Su gesto se interpretó como una protesta, pero, al renunciar, dejaron vacante la línea de sucesión a la presidencia. Como resultado, Áñez, cuyo partido había obtenido solo el cuatro por ciento de los votos en la elección previa, pudo autoproclamarse presidenta del senado—y, por tanto, la siguiente en línea para gobernar Bolivia.

Áñez asumió el control de un país convulsionado. Los adversarios de Morales habían celebrado estruendosamente su partida, ondeando la bandera tricolor de Bolivia por las calles. En su cuenta de Twitter, Carlos Mesa proclamó “el fin de la tiranía”. Otros atacaron a los subalternos de Morales y vandalizaron sus casas. Una turba saqueó una propiedad de Morales en Cochabamba, y le prendió fuego a otra propiedad de su hermana. En Potosí, desnudaron por la fuerza al hermano del líder del mas en el congreso y lo pasearon por la plaza principal, mientras incendiaban su casa. Otra turba de la oposición aprehendió a la alcaldesa de un pueblo cercano a Cochabamba, le cortó el pelo, la bañó en pintura roja y la obligó a desfilar por las calles mientras la golpeaban.

Los partidarios de Morales chocaron con la policía; otros quemaron y saquearon los negocios y las casas de algunos de sus críticos más destacados. Las turbas prendieron fuego a sesenta y ocho autobuses en La Paz y unos francotiradores dispararon sobre una caravana de mineros pro-oposición, hiriendo a varios de ellos. Otros más bloquearon las carreteras de acceso a algunas ciudades bolivianas, interrumpiendo el abastecimiento de comida y combustible.

El 12 de noviembre, el día de su toma de posesión, Áñez desplegó a la policía y al ejército, y pronto les ofreció inmunidad por cualquier crimen que cometieran en sus esfuerzos por recobrar el control social. En pocos días, las fuerzas de seguridad protagonizaron dos masacres de simpatizantes de Morales. El día 15 de noviembre, un grupo de militantes cocaleros, que marchaban en apoyo a Morales, se aproximaron a la policía en un puente cerca del pueblo de Sacaba, y nueve de ellos murieron por los disparos. Tres días después, en la ciudad aymara de El Alto, los partidarios de Morales bloquearon unas instalaciones estatales de almacenaje de gas, conocidas como Senkata. Las fuerzas de seguridad abrieron fuego y mataron al menos a diez personas.

El gobierno de Áñez sostuvo que las fuerzas de seguridad habían evitado un “ataque terrorista” en Senkata. Algunos funcionarios declararon que los manifestantes tenían la intención de hacer estallar los tanques de almacenamiento, lo cual hubiera provocado hasta cincuenta mil muertes. Pero los investigadores de la O.E.A. rechazaron dicha explicación. Una organizadora del mas que estuvo allí ese día me dijo que los manifestantes buscaban “llamar la atención”, por lo que cavaron trincheras en el camino hacia a la entrada de las instalaciones para detener los camiones con combustible. Pero el gobierno mandó excavadoras para llenar las zanjas, así que ellos lanzaron piedras contra las excavadoras y, entonces, los soldados empezaron a dispararles. “Esa mujer ha mentido”, dijo la organizadora sobre Áñez. “Dijo que llevábamos armas de fuego, pero es una mentira indignante”.

Para cuando los disturbios se aplacaron en Bolivia, a finales de noviembre, había treinta y cuatro muertos y cientos de heridos. Arturo Murillo, el nuevo ministro de interior, me dijo que la administración de Áñez no tenía responsabilidad alguna. “De todas las muertes que hubo en el país—y cada una de ellas nos duele—, no hay ninguna señal de que alguna fuera provocada por el gobierno”, dijo. “La mayoría murieron por balas de calibre .22 en la nuca, o en la espalda, o bajo un brazo. ¿Qué significa esto? Significa que la gente del mas, aquellos que incitaron los disturbios, mataron a esa gente para encender la cosa”.

Murillo no ha ofrecido evidencia que respalde sus afirmaciones. Es verdad que los seguidores de Morales cometieron actos violentos. (Morales mismo argumentó que los habían provocado unos policías al arrancarse las insignias de la wiphala de sus uniformes y prenderles fuego. “Evidentemente, se avecina un gran levantamiento para restaurar el honor de nuestros símbolos patrios”, dijo.) Pero a ellos sólo se les pueden atribuir unas pocas muertes—difícilmente iguales a las de seguidores de Morales asesinados por turbas de oposición. Las fuerzas de seguridad mataron, al menos, a diecinueve personas, y algunos informes sugieren que el total podría ser considerablemente superior.

En medio de la violencia, nueve funcionarios de alto rango se refugiaron en la embajada de México en La Paz, mientras que otros cercanos a Morales huyeron del país. Cuando le pregunté a Murillo sobre los informes de persecución contra miembros del mas, se mostró irritable. “No estamos yendo por quien sea: sólo terroristas, gente sediciosa, aquellos que quieren dañar a nuestro país”, dijo, alzando la voz hasta alcanzar un grito amenazador. “Vamos a perseguirlos, con mano muy dura”. Continuó: “Lo que más los persigue es su propia conciencia, ¿no? Ellos saben que han matado, que han incendiado. Ellos saben que han robado y saben que han engañado a la gente. Hay muchos que tienen que pagar una deuda con la patria. Y las deudas se pagan, tarde o temprano”

En opinión de Murillo, la persona que tenía la deuda más grande con Bolivia era Evo Morales. Me dijo que sus servicios de inteligencia tenían evidencia de que Morales había convertido al país en un “estado narcoterrorista”. Habló de agentes venezolanos enviados como provocadores de terrorismo, y de una conspiración hemisférica coordinada desde Cuba. Los arrestos relacionados con narcotráfico habían aumentado desde la salida de Morales, dijo, lo cual mostraba que su administración “sólo detenía a aquellos que no eran amigos del gobierno”. Murillo añadió: “Vamos a hacer todo lo posible para que pague por sus crímenes en prisión”.

En diciembre, el fiscal general de Áñez acusó a Morales de sedición y terrorismo, y pidió a la Interpol que emitiera una orden de arresto en su contra. Como evidencia, el gobierno hizo pública la grabación de una llamada telefónica, hecha supuestamente durante la crisis, en la que se oía a Morales ordenando a un líder sindical que reforzara los bloqueos del mas. “Que no entre comida a las ciudades”, dijo. “Vamos a bloquear. Cerco de verdad”.

Cuando me encontré con él en la Ciudad de México, a finales de ese mismo mes, Morales desdeñó la noticia de la orden de Interpol. “Ellos me han hecho todo lo que es posible hacerle a alguien”, dijo, riéndose con desdén. Cuando Morales era líder cocalero y diputado, el gobierno lo torturó y encarceló por su activismo. “¿Qué más pueden hacer—meterme a la cárcel?”, dijo. “Ya he pasado por allí”.

Morales se alojaba en una base militar mexicana de acceso restringido, así que no nos vimos allí sino en una casa que funcionaba como sede del canal estatal de la televisión venezolana. Nos sentamos bajo un árbol en un pequeño jardín amurallado. Morales, enfundado en una chaqueta de lana y pantalones informales, hablaba profusamente pero con expresión precavida. Parecía incapaz de concebir una vida lejos de Bolivia, sobre todo una vida en la que él mismo no contribuyese a decidir el destino del país.

Cuando Morales llegó a la presidencia, mucha gente en la comunidad empresarial temió que impusiera un régimen revolucionario e intransigente. En su oficina, una de las paredes estaba decorada con una pintura representando al guerrillero aymara Túpac Katari, junto con retratos de Fidel Castro y Nelson Mandela. Pero, en lugar de ello, su gobierno se había centrado en el desarrollo. Morales me explicó que, al comienzo de su carrera política, “una vez tuve una larga reunión con el comandante Fidel Castro”. Desde la medianoche hasta las cinco o seis de la mañana, Castro lo instruyó sobre políticas sociales mientras Morales se aburría cada vez más. “Finalmente, me atreví a preguntarle: ‘Fidel, ¿dónde compras las armas para la revolución?’ Y él me dijo: ‘Evo, ¡no, no, no!’ ” En vez de una insurrección armada, Castro quería que se concentrase en la educación y la salud. “Me dejó pensando”, dijo Morales.

Morales señaló que, en 1978, el año en que cumplió con su servicio militar obligatorio, hubo tres presidentes distintos, y al año siguiente hubo cuatro. “Sin estabilidad política, era imposible pensar en el desarrollo de Bolivia”, dijo. Bajo su administración, presumió, “nos volvimos el primer país con mayor crecimiento económico de Sudamérica. Antes, Bolivia sólo había sido el primero en pobreza y corrupción”. Morales nacionalizó los recursos naturales del país e intentó aumentar su venta en el mercado. “Cuando llegué al gobierno, Bolivia no exportaba gas licuado de petróleo”, una forma de combustible líquido. “Lo importaba”. Ahora Bolivia le exporta gas a Paraguay, Perú, Brasil y Argentina. “Antes Bolivia importaba fertilizante, pero ahora exportamos trescientas cincuenta mil toneladas al año a Brasil”, prosiguió. “Para un pequeño país de diez millones de personas, eso es algo; es un ingreso”.

Al igual que otros líderes de izquierda de la región, Morales se benefició del auge en el precio de los recursos naturales. A diferencia de otros, sobre todo de Venezuela, él no destruyó la economía de su país emprendiendo una guerra contra el sector privado. La oposición—una élite mayormente blanca y conservadora, con raíces en la ciudad de Santa Cruz—hizo varios intentos por derrocarlo, desde huelgas nacionales hasta una conspiración para contratar mercenarios que lo asesinaran. Pero Morales se mostró dispuesto a trabajar con los capitalistas, siempre y cuando no se le opusieran en lo político.

En La Paz, el pragmatismo de Evo podía verse por todas partes. La capital boliviana descansa en un cráter del altiplano andino, a más de tres mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. Durante las últimas dos décadas la ciudad ha vivido un auge. En los barrios populares que cubren las laderas del cráter, las viejas casas de adobe han sido reemplazadas por otras de ladrillo rojo, y por encima de ellas pasan teleféricos coloridos que transportan pasajeros desde la base hasta la cumbre de las laderas. En los suburbios del sur, muy expandidos, donde viven la mayoría de los paceños pudientes y más blancos, unos adolescentes de apariencia acomodada caminan desde una tienda de United Colors of Benetton hasta un Burger King. En Calacoto, un barrio con casas amuralladas y hoteles de lujo, una agencia de viajes anuncia paquetes a Disney World.

Para reducir la desigualdad, Morales invirtió considerables recursos en una pensión básica universal. También implementó transferencias en efectivo para que las mujeres embarazadas pudieran buscar atención médica, o para que las familias permitieran a los niños seguir estudiando. Su gobierno distribuyó paquetes de comida (con su foto impresa) y construyó hospitales y escuelas (con su nombre). Sus esfuerzos, a menudo, resultaban teatrales—le gustaba visitar pueblos muy pobres y regalar dinero a los niños—, pero eran efectivos.

Pese a ello, las metas de crecimiento económico y mejoramiento social fueron recibidas con incomodidad. En La Paz me reuní con Waldo Albarracín, exrector de la principal universidad pública del país y veterano defensor de los derechos humanos. Albarracín fue partidario de Morales al comienzo. “Yo voté por Evo”, me dijo. “La mayoría de los que nos considerábamos de izquierda lo hicimos”. Pero había llegado a considerar su presidencia como una oportunidad perdida. “El auge de las materias primas generó un ingreso de más de cuarenta mil millones de dólares”, dijo. “El país nunca había visto ganancias de esa magnitud”. Algunos prestamistas internacionales, como el Banco Mundial y el F.M.I., acordaron eliminar más de la mitad de la deuda externa de Bolivia. “Ese hubiera sido un buen momento para abrir la economía aún más”, dijo Albarracín. En lugar de ello, Morales había profundizado su compromiso con la minería, el gas y la agroindustria. La izquierda se desencantó de su énfasis en la industria y su falta de interés por los problemas medioambientales. Y entonces se vino abajo el auge de materias primas. “No sólo hubo una desaceleración del crecimiento económico, sino que hubo asuntos de corrupción, muy parecidos a los de cualquier gobierno de derecha”, me dijo Albarracín. “Mientras tanto, Evo seguía hablando como un antiimperialista”. Albarracín, al igual que otros, se convirtió en un crítico acérrimo, y en algún punto sus viejos camaradas se volvieron contra él. Durante los disturbios de noviembre, cientos de activistas del mas se dieron cita en su casa, en una tranquila calle de La Paz, y le prendieron fuego.

En la Ciudad de México, cuando presioné a Morales para que asumiera alguna responsabilidad por la debacle de noviembre, él afirmó despreocupadamente: “Somos seres humanos, y todos cometemos errores. Pero ¿se puede decir de verdad que es un error presentarse a elecciones? En mi segundo mandato, después de que refundamos Bolivia, mis hermanos del campo, así como mis hermanos de la ciudad, vinieron y me dijeron: ‘Tu vida ya no depende de ti; depende del pueblo’. Me dijeron que yo tenía que presentarme de nuevo, para seguir con el proceso de cambio”.

Mientras hablábamos, me di cuenta de que una joven nos escuchaba desde una silla a unos tres metros. Tenía el cabello oscuro y lacio recogido en dos coletas, y vestía jeans y una camiseta negra con la palabra “love” escrita en letras blancas con brillantina. Cada tanto, Morales y ella cruzaban miradas y se sonreían. En algún momento, Morales interrumpió nuestra conversación para decirle a mi fotógrafo que no le tomara fotos a la mujer. Más tarde, cuando Morales posó para las fotografías, ella me pidió que también la retratara con su teléfono celular. Se colocó dándole la espalda al muro del jardín mientras le sonreía juguetonamente a Morales, quien posaba a unos pocos metros.

Morales declaró en cierta ocasión que no tenía “tiempo para esposa o hijos” porque estaba “casado con Bolivia”, pero de hecho tiene una hija y un hijo, de dos mujeres diferentes, y ambos de veintitantos años. Otra de sus amantes estuvo involucrada en una intriga en la que una empresa china obtuvo contratos con el gobierno de Morales por quinientos millones de dólares; en 2016 la condenaron a una pena de cárcel por “enriquecimiento ilícito”. Morales nunca fue acusado, pero su conexión con la mujer resultó vergonzosa, ya que algunos informes afirmaban que la había dejado embarazada. A pesar de que nunca apareció en público ese hijo, Morales exacerbó la especulación al declarar que el bebé había muerto, mientras la mujer insistía en que estaba vivo.

Incluso mientras sus asesores intentaban acallar las preocupaciones sobre su vida personal, Morales causó un pequeño escándalo al declarar que, tras retirarse de la política, planeaba establecerse en un terreno “con mi cato de coca, mi quinceañera y mi charango”.

En México, Morales parecía aislado de su propia realidad y extrañamente ajeno a la impresión que causaba. Muchos partidarios del mas con los que hablé se quejaron de que Morales se había vuelto más imperioso conforme se extendía su tiempo en la presidencia, pero que sus asesores lo protegían de las consecuencias. Marcela Araúz, exdirectora de comunicaciones de la Cámara de Diputados, me dijo que Morales se había rodeado de llunkus o “lamebotas” que habían provocado la crisis al instigar sus “tendencias despóticas”. Waldo Albarracín enumeró diversos incidentes ofensivos. En 2010, Morales compró un nuevo avión presidencial por treinta y ocho millones de dólares. “Quería ir a ver la Copa Mundial así que se llevó su avión y su séquito”, dijo Albarracín. “¡Gustos estilo Idi Amin!” En 2011, Morales intentó construir una autopista que atravesaría una reserva indígena en las llanuras tropicales, lo cual desató protestas tan intensas que el gobierno se vio forzado a retractarse. El verano pasado, los incendios forestales se expandieron por la zona este de Bolivia, devastando una región conocida como La Chiquitania. Durante varias semanas Morales no hizo nada, se negó a recibir ayuda internacional e impidió que unos bomberos argentinos ingresaran al país. Para cuando los incendios remitieron, más de un millón seiscientas mil hectáreas de selva habían sido arrasadas.

En La Paz, visité la antigua oficina de Morales, que evocaba distancia con respecto al ejercicio de su gobierno. Su escritorio estaba completamente vacío. En contraste, la oficina vecina, de su vicepresidente Álvaro García Linera, se veía como si éste no pisara nunca su casa. El escritorio estaba desbordado de informes y papeles, y un traje colgaba de un gancho en un archivero. Había dibujos infantiles pegados con cinta a la ventana.

Conocí a García Linera en un parque junto al Paseo de la Reforma, el gran boulevard central de la Ciudad de México. Linera es hombre delgado y canoso de cincuenta y siete años, y vestía un traje de negocios de impecable corte. Su apariencia puede ser engañosa: teórico marxista, pasó cinco años en prisión por su participación en el Ejército Guerrillero Túpac Katari. Los bolivianos conservadores despreciaban a García Linera, un hombre blanco con educación universitaria, calificándolo de traidor de clase. Los simpatizantes del mas lo culpaban de instigar los excesos de Morales; los más militantes sospechaban que tenía afinidades colonialistas. Todo el mundo sospechaba que él era el auténtico cerebro detrás de Morales.

García Linera esperaba que el “régimen de facto” de Áñez se terminara pronto, para que el mas pudiera continuar los proyectos que Morales y él habían dejado inconclusos. Pero él no pensaba arriesgarse a regresar en el corto plazo—no abiertamente, por lo menos. Cuando le pregunté si había sido un error, suyo y de Morales, buscar un cuarto mandato, él me sostuvo la mirada por un lapso bastante largo y dijo: “Estoy seguro de que cometimos muchos errores, pero creo que ahora no es el momento adecuado para discutirlos en público”.

Una noche, atravesé a pie la plaza que se extiende entre el Palacio Quemado y la Asamblea Legislativa de Bolivia, donde el Reloj del Sur de Morales seguía marcando la hora en reversa. Allí me reuní con Eva Copa, presidenta del senado. Copa, una mujer aymara originaria de El Alto, tiene treinta y tres años, el pelo negro y usa gafas. Política parlamentaria con sólo cinco años de experiencia, su partido le pidió ocupar ese puesto después de que todos los funcionarios de alto rango se hubieran ido. Ella asumió el puesto—equivalente, en Estados Unidos, al de Nancy Pelosi—y ha tenido que trabajar con un gobierno con el que está en profundo desacuerdo.

Tras la caída de Morales el mas mantuvo la mayoría en el congreso, pero a principios de diciembre comenzó a negociar con la administración de Áñez. Copa me dejó en claro, discretamente, que su decisión de trabajar con “la señora Áñez” había sido impopular entre los miembros más aguerridos. Pero ella, me explicó Copa, no había visto otra manera de terminar con la crisis, y los bolivianos de a pie estaban sufriendo; ella misma tenía hijos chicos y, en la cúspide de la violencia, los bloqueos del mas le habían impedido ir a casa a verlos durante dos semanas. Copa no criticaba directamente a Morales, ni lo mencionaba demasiado. Más tarde, un exfuncionario del mas me confesó: “La búsqueda del cuarto mandato fue un error, y esta es la consecuencia. Todos lo sabemos. Nos van a hacer pagar por ello en las próximas elecciones, además. Vamos a tener que aprender de nuestros errores, y esperamos sobrevivir”.

Jerjes Justiniano, quien se desempeñó como ministro de la Presidencia en el periodo de transición, dijo que ha notado una escisión entre los seguidores de Morales, “entre los recalcitrantes que se oponen a cualquier negociación y aquellos que están abiertos al diálogo”. Él había estado negociando constantemente con la facción del diálogo, que muy pronto había accedido a ayudarles a detener la violencia; más adelante, una mayoría de legisladores del mas votó a favor de ratificar la renuncia de Morales. Justiniano se regodeó: “Están negociando porque se dieron cuenta de que no tienen oportunidades de éxito si persisten con la confrontación violenta, y también es un reconocimiento tácito de la legitimidad de este gobierno”.

Antes de trabajar para Áñez, Justiniano era un destacado abogado en el bastión opositor de Santa Cruz. (Encabezó la polémica defensa de dos miembros de La Manada, un grupo de cinco jóvenes acusados de violación en grupo.) Le pregunté sobre la acusación de que, incluso si Morales había cometido fraude electoral, la respuesta de la nueva administración equivalía a un golpe militar. Justiniano se rio y dijo que las quejas le recordaban a un pasaje de Don Quijote—apócrifo, al parecer—en el que el caballero andante le dice a su escudero: “Deja que los perros ladren, Sancho. Es señal que avanzamos”.

En La Paz, los políticos parecían listos para llegar, a regañadientes, a un acuerdo, pero en los territorios indígenas del altiplano la atmósfera seguía siendo de desafío. El pueblo natal de Evo, Orinoca, se encuentra a seis horas en coche desde La Paz. Orinoca tiene solo unos centenares de habitantes, pero en sus afueras se ubica un enorme edificio de vidrio y concreto con una geometría de ángulos agudos: el Museo de la Revolución Democrática y Cultural, con un costo de siete millones de dólares, que Morales erigió para presentar la historia del país desde el punto de vista indígena. En un camino a la salida del museo conocí a una señora mayor que cuidaba de un rebaño de llamas. Llevaba una camiseta de campaña de Evo que decía “Bolivia dijo sí”. La anciana me dijo que había vivido toda su vida en Orinoca, pero había ido a La Paz unas cuantas veces para mostrar su apoyo a Morales en mítines y marchas. Cuando le pregunté cómo se sentía respecto al cambio político propulsado por Áñez en el país, me contestó con un insulto infundado pero muy extendido: “Esa puta. Oí que antes vendía su cuerpo por dinero”. La anciana esperaba que Evo regresara al poder pronto; él había sido bueno con la gente del altiplano.

Los adversarios de Morales lo han acusado, no sin razón, de favorecer al altiplano, pero sus esfuerzos también contribuyeron a reparar una injusticia histórica. Después de la brutalidad de la conquista española, los bolivianos indígenas fueron sometidos a un sistema de trabajo feudal que persistió hasta la década de 1950, y a efectos prácticos se les negaba el voto. Incluso después de que cambiaran las leyes, las actitudes racistas siguieron profundamente arraigadas, y los ciudadanos indígenas vivieron, en su mayor parte, en la pobreza, sin acceso a títulos de propiedad, créditos bancarios, educación universitaria ni empleos gubernamentales.

Morales hizo de dichas reformas una prioridad. Pero, conforme los indígenas bolivianos prosperaban, la población blanca se sintió excluida. Albarracín señaló que Morales no había visto venir un choque de ideales básicos: “Los valores occidentales contra la cosmovisión indígena”.

El Alto es, en cierto sentido, la capital indígena de Bolivia. La ciudad—una superficie en la parda llanura que comienza en la linde del cráter de La Paz y se extiende hasta el horizonte—es predominantemente aymara, y la mayoría de sus habitantes migraron allí desde zonas rurales más pobres. El Alto condensa la cultura indígena de la altiplanicie boliviana: muchas de las mujeres llevan sombreros hongo y esas faldas abultadas de colores brillantes que llaman “polleras”; hay mercados al aire libre, bares, y una zona roja peligrosa.

Hace treinta y cinco años, El Alto era poco más que un caserío desparramado de viviendas de adobe y puestos de mercado. Tras el auge durante los años de Evo, tiene un millón de habitantes y una exuberante arquitectura local, con fachadas cubiertas de vidrios coloridos y tejados que sobresalen en ángulos excéntricos. Pasé frente a un edificio nuevo de apartamentos que tenía una réplica de la Estatua de la Libertad incorporada en los pisos superiores.

Alexis Argüello, un librero de treinta y tres años, me dijo que la mayor parte de su vida había sentido vergüenza de decir que venía del El Alto. Poco a poco, la vergüenza había sido reemplazada por algo parecido al orgullo. Unos años atrás, Argüello creó un pequeño sello editorial dedicado a publicar autores locales. “Con todo el despotismo de Evo y los fallos de su gobierno, lo cierto es que ayudó a crear una nueva clase media entre la gente de piel cobriza”, me dijo Argüello. Él no olvidaba las vejaciones de la vida de antes, “como la necesidad de darle explicaciones a la policía”. Sin embargo, con el nuevo gobierno los policías habían empezado a hostigar de nuevo a los jóvenes de El Alto.

Para Áñez, hostigar a los indígenas supone un riesgo mayúsculo. A pesar del creciente número de bolivianos que se identifican como mestizos, la población sigue siendo, en gran medida, indígena, y los líderes comunitarios no se dejan intimidar con facilidad. En las calles de El Alto colgaron muñecos de las farolas, con carteles que advertían a los delincuentes potenciales sobre la “justicia popular”. Un letrero decía: “Rata atrapada será colgada y quemada”.

Bolivia tiene una larga historia de protesta organizada, sobre todo de los mineros y los cocaleros—a quienes Morales representó alguna vez—, que despliegan su influencia con marchas, bloqueos y batallas callejeras contra la policía. En sus manifestaciones, los mineros a menudo lanzan cartuchos de dinamita, y las muertes y lesiones son frecuentes. En 2016, el viceministro de interior de Morales acudió a un bloqueo para negociar con los mineros en huelga; estos lo secuestraron y lo torturaron hasta la muerte.

En los últimos meses, algunos de esos mismos militantes han salido en defensa de Morales. Cuando éste acusó a Áñez de fomentar un golpe, cientos de activistas aymaras vestidos con ponchos rojos bajaron en tropel de las montañas hacia La Paz, coreando “¡Ahora, sí, guerra civil!” Otras turbas salieron tras su dimisión y destruyeron siete estaciones de policía en El Alto.

Los policías de la ciudad se reagruparon en la única estación sobreviviente, en un barrio de clase media en el extremo sur de la ciudad, donde un letrero colocado sobre la puerta rezaba “Contra el mal, por el bien de todos”. Durante mi visita, se encontraban allí cientos de policías de los distritos incendiados, alistándose para patrullar o turnándose para dormir en el suelo de un auditorio. Había llegado, desde el municipio minero de Oruro, un nuevo comandante—el coronel Juan Carlos Alarcón—para imponer orden en la convulsa ciudad. “Es con cierto dolor que asumo el cargo aquí”, me dijo. “El trabajo ahora es reconciliar esta fractura que se ha abierto entre la sociedad y la policía”. Le pregunté sobre el barrio que rodeaba Senkata, y que según todos los informes hervía de rabia contra las fuerzas policiales. Alarcón me dijo que estaba organizando un almuerzo y que esperaba que la gente de Senkata pudiera asistir. También tenía la intención de celebrar una misa católica, dijo, “para aquellos de nosotros que creemos en Dios”.

La ciudad parecía poco receptiva. Una mañana, en la aguerrida periferia de El Alto, se realizó un evento de recaudación de fondos para familiares de las víctimas de la masacre. En una placita, pasando apenas las instalaciones de Senkata, se erigió una tarima con una lona que decía “El golpe es contra el pueblo”. Una banda andina tocaba el charango y la flauta, y un grupo de estudiantes universitarios de La Paz bailaba. El olor a palosanto quemado se respiraba en el aire, y los vendedores ambulantes ofrecían “comida de solidaridad”—empanadas y hot-dogs—cuyas ganancias serían para los familiares de las víctimas. Un boletín junto al escenario exhibía fotos de los fallecidos y carteles que rezaban “Esta democracia censura, persigue y asesina”.

Un tipo pálido y con barba se subió al escenario y explicó que “las compañías petroleras con respaldo del imperialismo yanqui” habían orquestado los hechos de Senkata. Habló sobre disturbios en México, sobre el conflicto palestino y los manifestantes de Hong Kong, para concluir: “Todo es parte de la misma lucha”. Le siguió un rapero que encadenaba rimas, cargadas de furia, en las que se describía a los palestinos y a la gente de El Alto como aliados en “las batallas del mundo”. Al final, dijo: “La verdadera resistencia está aquí mismo”.

Cuando vi a Morales en México, me dijo que llevaba despierto desde las 3:30 de la mañana, trabajando por teléfono y planeando estrategias con sus partidarios. Desde el exilio, seguía minuciosamente los acontecimientos en su país y ajustaba su mensaje a conveniencia para seguir siendo relevante. Cuando el mas aceptó empezar a negociar con el gobierno de Áñez, Morales anunció que ya no buscaría la presidencia. Después de que sus diputados votaran para aceptar su renuncia, él asumió un nuevo papel como jefe de campaña del partido. Si no podía ser el rey, sería el hacedor de reyes.

A mediados de diciembre, Morales convocó a una reunión en Cochabamba, donde varios miles de simpatizantes del mas se juntaron para discutir el futuro del partido. Cochabamba, la tercera ciudad más grande de Bolivia, está situada en un fértil valle andino, al sureste de La Paz, y es la puerta de entrada a Chapare, la región cocalera que constituye el bastión político de Morales.

La asamblea se celebró en un coliseo conocido como La Coronilla. En la acera, los vendedores pregonaban sus DVDs: “¡Conozca la verdad del golpe financiado por Estados Unidos!” Dentro, varios miles de personas llenaban las gradas, ondeaban banderas con la wiphala y compraban comida a los vendedores ambulantes. Un músico popular cantaba canciones antiimperialistas para animar a la multitud. Mineros con cascos de plástico naranja se paseaban con determinación.

Tras llamar la atención de la gente, un presentador dio la bienvenida a las delegaciones del mas de todo el país, entre aclamaciones pronunciadas en español, aymara y quechua. Sonó el himno nacional y la gente se puso de pie, con una mano en el corazón y la otra cerrada en un puño. Después de un momento de silencio por los camaradas caídos, habló el líder del contingente del mas en Cochabamba, y culminó con un grito de “¡Abajo los traidores!” que la muchedumbre replicó con alboroto. Cuando el presentador declaró que Morales “regresaría pronto”, se oyeron cánticos de “¡Evo, Evo, Evo!” y “¡Evo, no estás solo!”

Yo estaba sentado con una mujer que había trabajado en el gobierno de Morales. Esta exasesora había renunciado, frustrada, por culpa del círculo íntimo de Evo: los llunkus, como les llamaba, “que lo rodeaban y lo aislaban de la gente”. Corría el rumor que de Morales podría salir de México para irse a la Argentina y, si lo hacía, me dijo ella, “espero que vaya por su cuenta para que pueda estar solo por un rato y pensar. Lo necesita”.

Pese a todo, la exasesora sumó su voz a los cánticos de la multitud en favor de Evo. “La idea que anima a esta asamblea es la unidad, dejar atrás las divisiones”, apuntó. La multitud estaba intranquila y, la atmósfera, cargada; era la primera vez desde la renuncia de Morales que se reunía tanta gente del mas, y los helicópteros de la policía zumbaban en el cielo, afuera. La mujer me mostró algunos mensajes de Twitter publicados por derechistas; uno exhortaba al gobierno a aprovecharse de la asamblea para “apresar criminales del mas”. En las gradas, la gente empezó a corear cánticos desafiantes: “¡Larga vida a la wiphala y a nuestra hoja de coca!”. Alguien me tendió un amargo mensaje impreso en un volante:.

Un presentador anunció que el “presidente Evo” iba a hablar, y entonces se hizo silencio. Al cabo de un momento, la voz de Morales retumbó en el estadio. Saludó a sus “compañeros y compañeras”, denunció el “golpe fascista, racista”, y prometió que pronto estaría “de regreso en Bolivia”. La multitud aplaudió y aclamó. Evo hizo énfasis en la necesidad de estar unidos y de que la asamblea designara candidatos para las elecciones venideras, en las que—estaba seguro—el partido ganaría.

Cuando Morales se despidió, otro delegado subió a la tarima para denunciar a los “cobardes y vendidos” que habían abandonado sus puestos durante la crisis para refugiarse en embajadas o escapar del país. La exasesora me explicó el tono vengativo: “Muchos de los que se fueron a las embajadas son considerados cobardes porque en realidad no estaban siendo perseguidos”.

Entre la muchedumbre, distinguí a una de las funcionarias que había renunciado: Adriana Salvatierra, antigua líder del senado cuya partida le había permitido a Áñez llegar al poder. Salvatierra, de treinta años, tenía el pelo largo y vestía jeans y una camiseta negra con un sol naciente. Le pregunté si había sido un error la renuncia de Evo y de la dirigencia del mas, en vista de todo lo que había sucedido desde entonces. “Cometimos algunos errores tácticos y también estratégicos”, concedió. ¿Y qué me decía de ella? Podría haber sido la presidenta de Bolivia. ¿Se arrepentía de algo? Salvatierra movió la cabeza en gesto negativo. Aunque hubiera intentado asumir la presidencia, dijo, los adversarios de Morales no la hubieran dejado. “Había un golpe de Estado gestándose, y lo habían planeado desde hacía tiempo”, insistió. “La Historia es una dialéctica constante, no es permanente, y hay avances pero también retrocesos”.

El discurso de Morales consolidó su apuesta por seguir siendo el líder de facto de Bolivia. Pero, desde el exilio, parecía mucho más capaz de dividir al país que de gobernarlo. Le pregunté a Salvatierra qué pensaba sobre la promesa de Morales de volver—a pesar de la amenaza, por parte del gobierno, de que lo arrestarían. Me dijo: “El liderazgo del presidente no menguará si lo encarcelan”. Me recordó que Morales siempre se había presentado como un revolucionario, y añadió: “Si lo arrestan, nos movilizaremos”.

Ados cuadras de la Casa Grande del Pueblo, una escultura inusual se alza en el camellón de una calle concurrida: un monumento conmemorativo a la derrota en la guerra. Se trata de un retablo en bronce que representa a un soldado, con el torso descubierto, que muere rifle en mano. Un mensaje escrito con aerosol sobre la base de mármol dedica el monumento “a los caídos por la democracia”. Junto a él, un terraplén sembrado de flores multicolores exhibe la leyenda “Honor y gloria”.

Cierta noche, en La Paz, el exfuncionario de alto rango del mas me señaló que aquel callejón sin salida de su país tenía sus raíces en una historia de derrotas. Salvo por unos cuantos levantamientos internos—una campaña, asistida por Estados Unidos, que aplastó a la guerrilla del Che Guevara, en 1967, y un par de revueltas indígenas sofocadas con masacres en el siglo XIX—, Bolivia había perdido todas las guerras en las que había combatido. Con la Guerra del Pacífico, en la década de 1870, perdió el acceso al mar frente a su vecino, Chile. Con la Guerra del Chaco, en la década de 1930, entregó otra gran franja de territorio a Paraguay. “Nuestras derrotas son lo que nos diferencia”, me dijo el funcionario. “No nos importa si perdemos. De lo que nos sentimos orgullosos es de nuestra valentía al defendernos, al resistir”.

En las últimas semanas ha quedado claro que ninguno de los dos bandos pretende rendirse. Morales, quien se ha trasladado a Argentina, llamó a fundar milicias civiles en Bolivia. (Tras la conmoción mediática, se retractó de sus declaraciones diciendo que él siempre había “defendido la vida y la paz”.) Áñez expulsó a los embajadores de México y de España, de quienes sospechaba que habían conspirado para sacar del país a ciertos seguidores de Morales. Mauricio Claver-Carone, un cubanoamericano que funge como director en jefe para asuntos hemisféricos en el Consejo de Seguridad Nacional, viajó a La Paz para pactar nuevos esquemas de cooperación con Áñez y amonestar al gobierno de Argentina por permitir que Morales “fomente la violencia”. En Washington, Erick Foronda y Arturo Murillo se fotografiaron junto a Marco Rubio.

Las elecciones están programadas para mayo y Morales ha anunciado a su candidato: su exministro de economía, Luis Arce. Áñez, quien ha invitado de nuevo a la agencia U.S.A.I.D. para que provea “asesoría técnica” en las elecciones, anunció que también ella se postulará a la presidencia. Por parte de la élite política hubo una reacción violenta: renunció la ministra de comunicaciones, con el argumento de que Áñez seguía los pasos de Evo, y el excandidato presidencial Carlos Mesa protestó. Pero el ejército, dirigido por un nuevo comandante designado por Áñez, no expresó ninguna preocupación cuando el “gobierno interino” intentó convertirse en permanente.

El supuesto fraude electoral de Morales, y la aceptación de su partido de que se realicen nuevas elecciones sin él, hace que resulte difícil llamar golpe de Estado a su destitución. El comportamiento de Áñez hace que resulte difícil no llamarlo golpe de Estado. Además de la violencia cometida por las fuerzas de seguridad, su gobierno anunció a comienzos de año que investigaría a casi seiscientos exfuncionarios del gobierno de Morales. De acuerdo con Naciones Unidas, al menos ciento sesenta personas, incluidos funcionarios de alto rango, han sido perseguidos o detenidos bajo acusaciones que van desde corrupción y terrorismo hasta “hacer nombramientos ilegales”. En enero, instando a la unidad durante las elecciones, Áñez advirtió que el país no permitiría “que los salvajes regresen al poder”.

Marcela Araúz, la exdirectora de comunicaciones, se quejó de la “ceguera de la clase media boliviana”, que respaldaba el nuevo estatus quo “pero que no parece darse cuenta de que el fraude de Evo no significa que no haya habido un golpe”. En Bolivia se daba una persecución real, me dijo, y le escandalizaba el silencio de los medios en torno al tema. Como otras personas con las que hablé, Araúz tenía la certeza de que un régimen de derecha haría lo que fuera necesario para ganar en las elecciones: “Ahora que tienen el control, ya no van a soltarlo”. ♦

Jon Lee Anderson es escritor en The New Yorker.

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